- “todavía te quedan 10 kilómetros, y aunque veas una carretera muy estrecha con muchas curvas tú no te salgas, que justo llegarás a Malleza”
Con esas indicaciones y siguiendo la sinuosa carretera nos fuimos aproximando a nuestro destino, como a unos 50 metros del cruce que une la carretera entre Salas y Pravia, bordeamos un muro de piedra de media altura, por el que el paso de los años y de la flora hacían prever que nos adentrábamos en la finca condal.
Ante nosotros se erigía un túnel de robles centenarios y sus coloridas hojas, ahora ya por la época en la que estamos, en el suelo formando un manto a modo de alfombra, que nos conducían hasta la entrada del Palacio Conde de Toreno.
La bruma que descansaba sobre el valle, hacía de la postal un recuerdo de épocas pasadas, con caballeros y castillos. 
A la puerta como si estuviese esperándonos con ahínco, se encontraba Salvador Basagoiti Osborne, un sevillano de madre sevillana y padre vasco, de la margen izquierda para ser más exacto. Un breve pero familiar saludo y nos acompañó a nuestras dependencias, una “suite” en la tercera planta y última del palacio, con minarete y terraza, desde la que poder contemplar todo el valle y parte de Asturias.
Después de acomodarnos, decidimos bajar por las escaleras de madera esculpidas por los años y por las pisadas de cientos de duques, nobles y ahora gente de a pie; hasta llegar al patio central de la nave, donde se encontraba un pequeño pero acogedor comedor, todo guardando la estética bien cuidada de los inicios del Palacio. Allí pudímos degustar como si de una cena de la corte del Rey Arturo se tratase, de unos suculentos platos regados con un buen vino de la Ribera del Duero, Jaros, un vino familiar según nos concretó el anfitrión.
La velada fue exquisita, no podía faltar la vena andaluza, y de fondo mientras degustábamos la cena, se podía oír de fondo, cante andaluz, que hacía la envoltura del regalo más apetecible.
Tras la cena, tocaba la hora de descansar ya que el día había sido largo, fue llegar a la habitación y caer rendidos, no sé si por la botella de vino, por la botella de cava de la bienvenida o por si la botella de vino blanco italiano que nos bebimos por la tarde…o si sería mezcla de las tres. Antes de dormirnos nos prometimos la señorita Ane Conde y yo que madrugaríamos para hacer la sesión de fotos que habíamos pospuesto del día anterior por falta de ideas, cansancio y demás circunstancias que nos pasan a los artistas en determinados días del año.
La mañana comenzaba bien, tempranito y bien arreglados, descendimos por los viejos peldaños intentando hacer el menor ruido posible, hasta la habitación destinada al almuerzo. Allí nos esperaba el servicio para agasajarnos con los mejores productos que harían que cogiéramos fuerzas para el largo día que nos esperaba.
Después de 3-4 horas de sesión de fotos, cambios de ropa, flashes por aquí, posturas por allí, decidimos que era la hora del vermut y que había que parar, creo que después de 545 fotos..nos lo merecíamos. Nos sentamos en la terraza exterior, en la que todavía Lorenzo se mantenía y aportaba un poquito de calor a ese extraño día de Otoño.
Nada más vernos, hizo aparición Salva para ver que todo estuviese a nuestro antojo, incluso nos honró con su presencia mientras lo que duraba su cigarrillo para intercambiar ideas. Los tres nos escuchábamos como si nos conociésemos, parecía que coincidíamos en gustos, por la cultura, por la belleza del paraje, por los vinos..y de ahí fue el hilo del que tiramos, para comprobar que realmente teníamos más cosas en común.
Resulta que Salva, es familia de un importante cantautor andaluz, el cual a su vez tenías unas bodegas en La Rioja, concretamente en Fuenmayor y de ahí unimos a mi tío Enrique. Al final habían estado comiendo juntos en repetidas ocasiones llegando a fraguar una buena amistad; y como estamos el siglo de las tecnologías aproveche esas oportunidades para”wasapear” a mi tía y contarle lo pequeño que es el mundo. Ciertamente es pequeño pero si le sabes sacar el jugo es maravilloso.
Quién nos iba a decir que íbamos a disfrutar de un fin de semana que Ane me había regalado, a un sitio perdido en el Occidente Asturiano, que nos iba a sorprender no solo por la belleza arquitectónica sino también por la belleza y la gratitud de sus regidores, que además eran conocidos de la familia..??
Recomiendo encarecidamente la visita y la estancia en el Hotel Palacio Conde de Toreno, el trato se enmarca fuera de los hoteles normales, incluyendo los 5 estrellas, es como si estuvieses en familia, todo el día pendiente de la comodidad, de sentirte como en casa y de que estés relajado y descansado…y eso no se paga con dinero.
ENHORABUENA FAMILIA BASAGOITI – OSBORNE !! VOLVEREMOS A VERNOS PRONTO



